Tuve el privilegio de compartir en persona con el expresidente Luis Herrera Campins cuando nos dirigía en las elecciones de 1998, en su rol como presidente del partido Copei. En aquel entonces, yo representaba al partido ante la Junta Electoral Municipal de Baruta, y su presencia era imponente, no por aspavientos ni por gestos grandilocuentes, sino por la serenidad con la que asumía cada palabra, cada decisión. Era un hombre de principios, de esos que no abundan en la política, un líder que encarnaba una decencia y un sentido del deber que trascendían los cálculos electorales. Herrera Campins no solo dirigía, sino que inspiraba.
Pero sus enseñanzas van mucho más allá del recuerdo personal de haberle visto en aquella campaña. Su impronta en el país sigue viva en cada rincón donde su gestión dejó una huella imborrable. Como presidente de Venezuela entre 1979 y 1984, Luis Herrera Campins enfrentó tiempos de desafíos económicos y sociales, pero siempre con la convicción de que el país debía avanzar con dignidad, con trabajo serio y con una visión a largo plazo. No era un hombre de promesas vacías ni de demagogia, sino de hechos concretos, de una gestión que apostó por el desarrollo y la modernización del país.
Uno de sus legados más emblemáticos es el Metro de Caracas, una obra que transformó la movilidad de la capital y que hasta el día de hoy sigue siendo un símbolo de infraestructura bien planificada. Herrera Campins no inició el proyecto, pero tuvo el mérito de darle continuidad, culminarlo e inaugurarlo, demostrando que la política pública debe trascender a los gobiernos y responder a las necesidades del pueblo. Tuve el honor de asistir a esa inauguración, acompañando a toda la sociedad venezolana que celebró con él este logro. Fue una apuesta por la modernidad, por dotar a los ciudadanos de un medio de transporte eficiente y digno, en una Caracas que ya en aquel entonces padecía los estragos del crecimiento urbano desordenado.
Otro de sus aportes fundamentales fue la implementación del uniforme escolar obligatorio. Más allá de la simple vestimenta, esta política buscaba la igualdad entre los estudiantes, eliminando las diferencias de origen social en las aulas. Era una manera de reforzar la idea de que la educación debía ser un espacio de equidad, donde todos los niños y jóvenes tuvieran las mismas oportunidades de aprender y crecer sin distinciones económicas visibles. La educación, para Herrera Campins, era una herramienta de transformación social, y su compromiso con ella fue evidente en múltiples iniciativas que promovió durante su mandato.
Su política exterior fue otro aspecto que marcó su gestión. Defensor del pluralismo y del respeto a la autodeterminación de los pueblos, Luis Herrera Campins promovió una diplomacia basada en principios firmes. Durante su presidencia, Venezuela tuvo un papel destacado en foros internacionales, defendiendo los valores democráticos en una época en la que América Latina aún sufría los embates de dictaduras y regímenes autoritarios. Su gobierno fortaleció las relaciones con otros países latinoamericanos y con Europa, apostando por una inserción internacional que privilegiara la cooperación y el respeto mutuo.
Luis Herrera Campins desempeñó un papel clave en la democratización de Centroamérica. En un momento en que la región estaba marcada por conflictos armados, dictaduras militares y luchas ideológicas que amenazaban con desestabilizar a los países vecinos, su gobierno se convirtió en un firme defensor de la transición hacia regímenes democráticos. Su apoyo a procesos como la pacificación de El Salvador y el respaldo a gobiernos legítimamente electos fueron señales claras de su compromiso con la estabilidad política y los valores democráticos en la región. No fue un presidente que se limitara a declaraciones diplomáticas vacías, sino que promovió activamente el diálogo y la mediación en un contexto donde las soluciones pacíficas eran difíciles de alcanzar.
Otro de los grandes temas en los que su política exterior se destacó fue la defensa del Esequibo. Durante su mandato, Venezuela mantuvo una postura firme en la reivindicación de su derecho sobre el territorio en disputa con Guyana. Herrera Campins entendía que esta era una cuestión de soberanía nacional y no permitió que el tema se debilitara en la agenda internacional. Su gobierno defendió los intereses venezolanos con claridad y determinación, sin caer en concesiones que comprometieran la integridad territorial del país. En contraste con la postura de la actual dictadura de Nicolás Maduro, que ha entregado en bandeja de plata el Esequibo a Guyana con una política errática y llena de contradicciones, Herrera Campins representó una época en la que la diplomacia venezolana era respetada y tenía peso en el escenario internacional.
Durante la Guerra de las Malvinas, en 1982, Herrera Campins fue un firme defensor de la causa argentina. Su gobierno respaldó el derecho soberano de Argentina sobre las islas y denunció la intervención británica como un acto de colonialismo en pleno siglo XX. Desde el Grupo de los 77 y en foros internacionales, Venezuela alzó su voz en favor de la reivindicación argentina, defendiendo los principios de soberanía y autodeterminación. Su posición fue coherente con su visión de una América Latina unida frente a las potencias extranjeras y reafirmó el compromiso de Venezuela con la integración regional y la justicia histórica.
Su gestión también estuvo marcada por la crisis económica que golpeó al mundo en los años ochenta. A pesar de las dificultades y las duras críticas que recibió en su momento, hoy se reconoce que la respuesta de su gobierno fue la correcta. Supo manejar con responsabilidad el endeudamiento y la caída de los ingresos petroleros, evitando soluciones populistas que habrían comprometido aún más la estabilidad del país. En retrospectiva, su enfoque prudente permitió amortiguar los efectos de una crisis global que afectó a muchas naciones con mayor severidad.
Cuando está por celebrarse su centenario, es importante destacar que su visión sobre la política exterior no solo era pragmática, sino que estaba basada en principios sólidos. Creía en una Venezuela con voz propia en el concierto de las naciones, que defendiera sus intereses sin perder de vista la cooperación y el respeto a los valores democráticos. Fue un líder que entendió la importancia de la soberanía y la autodeterminación en tiempos de turbulencia global, y su legado en este aspecto sigue siendo una referencia para quienes abogan por una política exterior coherente y responsable.
Pero más allá de sus obras y políticas, lo que distingue a Luis Herrera Campins en la memoria nacional es su integridad. Fue un hombre de familia, un ciudadano ejemplar que nunca se dejó seducir por los excesos del poder. En tiempos donde la política muchas veces parece un terreno abonado para la corrupción y el oportunismo, su figura resalta como la de un hombre que vivió con honestidad, con austeridad y con un profundo amor por su país. No necesitó alardear de su legado porque sus acciones hablaron por sí solas.
Recordarle en su centenario, el próximo 04 de mayo, es recordar a un presidente que asumió su responsabilidad con seriedad, que enfrentó dificultades sin perder la compostura ni los valores que lo guiaban. Es recordar a un venezolano que entendió la política como un servicio, no como un privilegio. Y es, sobre todo, rescatar el ejemplo de que la dignidad y la decencia en la función pública no son una utopía, sino un deber ineludible para quienes tienen el honor de dirigir los destinos de una nación.