
El juez federal James Boasberg, del Distrito de Columbia, evalúa el riesgo de torturas y malos tratos que podrían enfrentar los venezolanos deportados desde Estados Unidos y detenidos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) en El Salvador, según una reciente opinión emitida por la Corte del Distrito de Columbia.
Aunque el juez Boasberg había emitido una orden para prohibir temporalmente estas deportaciones, la administración del presidente estadounidense Donald Trump, no la cumplió, deportando así a 238 migrantes venezolanos a El Salvador bajo la ley Enemigos Extranjeros, reseñó Efe.
Ante esto, un grupo de demandantes venezolanos afirmó que “cuando el gobierno los subió a los aviones la mañana del 15 de marzo, no solo se les impidió solicitar la protección bajo la CAT, sino que tampoco se les informó a dónde los llevaban”.
“Cuando los detenidos preguntaron a los agentes a dónde los llevaban. Los agentes solo respondieron que no sabían y luego se rieron”, aseguraron.
El juez federal subrayó que en este contexto “los deportados tienen ‘alta probabilidad de enfrentar daños inmediatos e intencionales que pongan en peligro su vida a manos de agentes estatales’”. Además, mencionó que “el gobierno del país se ha jactado de que los reclusos de Cecot “nunca saldrán”; de hecho, una declarante experta alegó no tener conocimiento de ningún recluso que haya sido liberado”.
Venezolanos en condiciones inhumanas y violencia sistemática
La corte también destacó las alarmantes condiciones en las que viven los reclusos en El Salvador: “rara vez se les permite salir de sus celdas, no tienen acceso regular a agua potable ni alimentación adecuada. Duermen de pie debido al hacinamiento y se les mantiene en celdas donde no ven la luz del sol durante días”.
Un declarante también informó al juez que “si la prisión alcanzara su capacidad total, cada recluso tendría menos de 60 cm de espacio en celdas compartidas, lo cual es menos de la mitad del espacio requerido para el transporte de ganado de tamaño mediano según la legislación de Estados Unidos”.
Finalmente, Boasberg señaló que “además de las precarias condiciones de vida, los reclusos salvadoreños, según las pruebas presentadas, a menudo son disciplinados mediante palizas y humillaciones. Un recluso afirmó que la policía golpeaba con porras a los recién llegados a la prisión. Cuando negó ser pandillero, lo enviaron a una celda oscura en un sótano con 320 detenidos, donde los guardias de la prisión y otros detenidos lo golpeaban a diario. En una ocasión, un guardia lo golpeó tan severamente que le rompió una costilla”.
A su vez, el escrito de la corte federal también hace mención de un recluso informó haber sido obligado a “arrodillarse en el suelo desnudo, mirando hacia abajo, durante cuatro horas frente a la puerta de la prisión”, y que “lo obligaron a sentarse en un barril de agua helada mientras lo interrogaban y luego le sumergieron la cabeza a la fuerza para que no pudiera respirar”.
Noticias Relacionadas





