Raya en el cansancio, desborda la monotonía, escuchar aquello de la necesidad de pensar el país. ¿Cuál país? ¿El de la añoranza? ¿El de lo que éramos y ya no somos? ¿El de lo que pudimos haber sido, pero que ni la cuarta ni la quinta permitieron? ¿El de los atolondrados insensatos que nos acostumbramos a una gasolina regalada a cuenta de ser súbditos de un país petrolero? ¿O más bien debemos pensar en el país que, pese a todos los incentivos negativos, se supo levantar sobre sí mismo para construir una estructura moral que aún prevalece?
La frase desgraciada “es que el venezolano es flojo” me provocó no pocos choques verbales, y alguno que otro físico, con gente de todas las esferas. Empresarios y “dirigentes” obreros, curas y pastores, pudientes y marginales, criollos y extranjeros, reaccionarios y revolucionarios. Fue un prejuicio que nos recorrió transversalmente.
Mientras tanto vi y documenté al campesino andino levantarse a las 3:00 de la mañana a cosechar la lechuga que devoraban con voracidad los centros urbanos. De igual modo presencié y viví las rudas labores de los pescadores artesanales, y la de los artesanos, y la de los indígenas, y la de los habitantes de las miserables barriadas de las grandes ciudades. En estas últimas era conmovedor el pundonor de sus hombres y mujeres alistándose a primeras horas del día, de madrugada la mayoría de las veces, para acudir a sus labores. Presencié cómo se daban empujones al montarse en un rústico que los llevara a la parte baja del cerro, y abordar un colectivo que luego llegara a la estación más cercana del Metro. Y siempre con humor, con sueño, pero sobre todo con dignidad.
Conocí un caso de un diario en el que trabajaba, y por mi hábito de siempre levantarme temprano, llegaba entre los primeros. Un día al ir al baño noté el piso muy mojado. Comencé a fijarme los días posteriores y vi que se repetía. Un día llegué más temprano y encontré a un mensajero que se duchaba allí. El muchacho se sonrojó al verme y me explicó que en su barriada no había agua, y él no podía trabajar con mal olor, así que llegaba temprano para asearse y cumplir con sus labores de la mejor manera. “Usted sabe, a fin de cuentas, un mensajero del periódico no puede llegar hediondo a entregar un sobre. ¿Qué van a pensar de la compañía?”.
Habrá aquellos que, como vivió una querida amiga contadora, dirán a quienes les manejan sus finanzas: “Yo solo quiero que me busques la manera de pagarle menos a estos perros”. También escuché a más de un “dirigente” laboral destilar resentimiento y decir: “¡Claro!, los dueños de la compañía como viven en La Lagunita no saben qué es la solidaridad, por eso es por lo que hay que joderlos”.
Regreso a mi pregunta inicial. ¿Cuál país pensamos? ¿El de los privilegios de las diferentes élites, sociales, religiosas, económicas, académicas y culturales? ¿O más bien pensamos el de la gente que ha hecho que, pese a todo, Venezuela se haya mantenido? ¿Cómo pensamos el país desde unas bases analíticas plagadas de toda clase de vicios y mañas reluctantes a las que las distintas castas se niegan a renunciar?
Es una subida empinada, empinadísima, la que tenemos al frente, es un cenagal movedizo, donde las voces de siempre se dan empujones, se hacen zancadillas, buscan la manera de estar en el primer plano de la foto. No les importa sino su propia cara, han demostrado, y lo siguen haciendo, que el país es una anécdota que les permite llenar sus bolsillos. ¿Pensar? Eso no los caracteriza.
© Alfredo Cedeño
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